La niña de los calcetines con vuelitos
Cuando era pequeña, solía esperar a mi papá sentada en el living, durante horas. Mi mamá me vestía con esmero: me hacía rulos en el pelo largo, me ponía un vestido bonito, los calcetines con vuelitos más elegantes y los zapatitos de charol más brillantes. Tenía que parecer una señorita. Una niña digna de ser vista.
Mi papá venía una vez al año, generalmente para mi
cumpleaños. Aunque rara vez lo recordaba. A veces llegaba una semana después, a
veces un mes más tarde. Yo aprendí pronto que mi cumpleaños no era importante.
Que yo no lo era. Que algo en mí no debía valer lo suficiente como para ser
recordado.
Jamás salimos a ningún lado. Su visita era eso: una
presencia fugaz en el umbral. Un gesto. Un rastro. Y, por supuesto, un regalo.
Recuerdo uno en particular. Yo tenía nueve años cuando llegó con un paquete
envuelto: un juego de sábanas de plaza y media. No me entusiasmó, pero dije
gracias. Cuando lo abrí, descubrí que eran de John Smith, el protagonista
masculino de Pocahontas. En esa época todas las niñas querían a la princesa, estaba
de moda.
Era un regalo para un niño. O peor, un regalo sin
destinatario claro. Como si él hubiese pasado por una tienda, tomado cualquier
cosa y la hubiese envuelto pensando que ya con eso bastaba. Yo ni siquiera
tenía cama propia. Dormía con mi mamá.
Lo que más dolió no fue el regalo equivocado. Fue lo que ese
regalo revelaba: que no me conocía. Que no sabía qué me gustaba, ni cómo
dormía, ni con quién. Que no se había tomado ni un segundo para imaginar qué
podía hacerme feliz.
Con el tiempo, entendí que había crecido esperando. No solo
a él. También a cada uno de los hombres que vinieron después. A veces me descubría
buscando su afecto en la espalda de otros, en el tono de voz de cualquiera que
prometiera quedarse. Como si aún creyese que, en algún gesto, en alguna mirada,
pudiera encontrar lo que no tuve.
Crecí sabiéndome distinta, sintiéndome incompleta, pensando
que era muy triste e irónico que mi cumpleaños fuera en junio, justo el mes del
día del Padre.
Y aún hoy, algunas partes de mí siguen sentadas en el living. Con el vestido puesto. Con los calcetines con vuelitos. Esperando siempre, que alguien llegue y me vea.


Comentarios