Yungay, el barrio que me vio crecer (y volver a amar)

Llegué al Barrio Yungay en 1997, sin saber que estaba llegando al lugar donde echaría raíces. Desde entonces, nunca más me fui. Aquí fui al colegio, me enamoré, me casé... también me rompí, me divorcié, volví a empezar. Aquí nació mi hijo. Y aquí mismo, años después, volví a casarme, esta vez en la Peluquería Francesa: ese templo de historia viva, bohemia y cultura que tanto amamos.

Cada rincón del barrio es un capítulo de mi historia. Las tardes en la plaza, las ferias, los conciertos improvisados, los cafés que huelen a libros antiguos y pan tostado. Ese aire de domingo eterno, incluso en lunes. En sus calles aprendí a ser adulta, a resistir, a sanar. A reinventarme.

Yungay nunca me exigió nada. Solo que caminara lento. Que escuchara. Que volviera.

No es solo nostalgia: elegimos quedarnos. Compramos nuestra casa aquí, en este barrio que nos abrazó cuando más lo necesitábamos. Decidimos criar a nuestro hijo entre murales, veredas anchas y vecinos que saludan con la mano. Y también decidimos que aquí queremos envejecer.

Porque Yungay no es solo un barrio patrimonial: es un barrio emocional. Es donde la historia se mezcla con la vida cotidiana. Donde los edificios tienen alma y los afectos echan raíces profundas.

Hoy puedo decir que Yungay me dio refugio. Me mostró que un barrio también puede ser hogar, incluso si no naciste en él. Que puede sanar, inspirar, abrazar. Que en sus adoquines vive la memoria de un Chile que resiste, que canta, que cocina con amor.

Hoy, en sus 186 años, celebro al barrio que me sostuvo, me inspiró y me transformó. Y lo sigo eligiendo, una y otra vez.





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