"¿Por qué la culpa la tengo que tener yo?"
Tenía 33 años, era mamá soltera y vivía sola con mi hijo en mi departamento en el centro de Santiago. Trabajaba en Recursos Humanos y también hacía voluntariado en una fundación que apoyaba a personas desempleadas. Me gustaba ayudar, poner mis conocimientos al servicio de otros. Esa era mi forma de construir algo más humano.
En ese espacio conocí a un hombre. Nos llevábamos bien. No
era una relación seria, pero sí una conexión. Empezamos a conversar, a
acercarnos, y como estábamos en plena pandemia, lo que no podía pasar cara a
cara, pasó por pantalla. Hubo fotos, hubo videos. Había deseo, sí, pero también
había confianza. Él también me mandaba cosas. Era mutuo.
Una noche, después de un encuentro virtual entre los
voluntarios, se armaron pequeñas reuniones por Meet. Entre risas y pantallas
compartidas, fuimos quedando los más cercanos. Él se quedó, yo me fui a dormir.
Me escribió más tarde, cuando ya estaba acostada: “Oye, mándame un video”.
Dudé, pero accedí. No me costaba nada, pensé. Se lo mandé y me dormí.
Al día siguiente, el golpe fue brutal.
Me llamó la directora de Gestión de Personas —mi amiga— para
decirme que él había mostrado mis fotos a otros voluntarios. Mi cuerpo, mi
intimidad, habían sido exhibidos como si fueran un chisme. La directora general
ya lo sabía. Era un secreto a voces. Pero lo que más me dolió fue la reacción
de quien se suponía que me apoyaba:
—¿cómo te vas a haber prestado para esto? Eres mamá...
Y ahí fue cuando exploté:
—Sí, soy mamá. Pero también soy mujer, soy libre, soy adulta. Lo que hago en mi
intimidad no autoriza a nadie a difundirlo. ¿Por qué tengo que tener yo la
culpa?
La fundación lo desvinculó. Mandaron un comunicado formal.
Él me llamó, se desentendió. Negó todo. Solo cuando lo enfrentaron los demás,
reconoció lo que hizo. Para entonces, yo ya me sentía deshecha. Me trató como
un pedazo de carne. Yo había confiado en él. Le había escuchado dolores
profundos, compartido silencios. ¿Y así me paga?
Después vinieron los días difíciles: llorar en silencio,
soportar el juicio de otras personas que me señalaban por haber mandado fotos.
“Pero tú eres mamá”, decían. Como si la maternidad cancelara mi sexualidad.
Como si ser madre me quitara el derecho a desear.
Me retiré de la fundación. Algunas de sus amigas seguían
ahí, juzgándome. Empecé a tomar antidepresivos. Ya iba a terapia antes, pero
esto agravó todo. Me despertaba deseando no despertar. Y aún hoy me cuesta
entender:
—¿Por qué lo hizo? ¿Para mostrarse? ¿Para validarse ante otros?
No lo sé. Pero sé que nosotras no hacemos eso. No andamos mostrando
fotos íntimas de los hombres con los que nos vinculamos para alardear. Nosotras
hablamos, nos acompañamos, pero no humillamos.
Él pidió disculpas. Pero la herida ya estaba hecha. Y en
esta historia, la que quedó expuesta fui yo. Porque si yo hubiera
denunciado, el juicio habría sido contra mí. ¿Y qué hacía ella mandando fotos?
¡Y más encima es mamá!
Esto, aunque duela decirlo, es más común de lo que se
cree. Y mientras no haya justicia, no habrá reparación. Me duele, me marcó,
pero también me hizo más fuerte. Hoy lo cuento, para que otras no se sientan
solas. Porque no, la culpa no era mía. Nunca lo fue.

Comentarios