El Reflejo


Siempre pensé que los espejos reflejaban el alma, pero nunca pude mirarme a los ojos sin apartar la vista. Cada mañana, al peinarme frente al cristal, veía a una desconocida: ojeras profundas, una sonrisa tan débil que parecía suplicar por ayuda y un brillo en los ojos que no era otra cosa que un grito mudo.

Él irrumpió en mi vida como una tormenta: intensa, arrolladora, imposible de ignorar. Durante los primeros meses, me sentí más viva que nunca. Sus palabras parecían versos robados a los poetas, su intensidad hacía que todo a su alrededor perdiera importancia. Pero, como toda tormenta, lo emocionante se tornó en devastación.

Al principio, eran detalles que justificaba como “su forma de ser”. El silencio después de una broma hiriente. La incertidumbre de no saber si contestaría mis mensajes. Esa sensación constante de caminar sobre un campo minado, cuidando cada palabra, cada gesto, temiendo activar una bomba. Dejé de proponer planes, de expresar mis ideas, incluso de ser yo misma. Todo giraba en torno a no incomodarlo.

—Yo te quiero, pero así soy —repetía tras cada pelea.

Y yo, hambrienta de un amor que nunca llegaba, me aferraba a esas palabras como si fueran un salvavidas. Era un círculo vicioso: las dudas, las discusiones, las promesas vacías y mi constante esfuerzo por ser suficiente.

Una noche, mientras él dormía profundamente, yo me quedé mirando el techo. Pensé en todas las cosas que había dejado atrás desde que llegó a mi vida. Antes de él, yo era un torbellino de risas y sueños; ahora, solo quedaba una sombra de lo que solía ser. Él se había enamorado de esa luz en mí, pero fue la misma luz que poco a poco él mismo apagó.

El punto de quiebre llegó con sus palabras lapidarias:

—Ya no te quiero.

Lo dijo con tanta frialdad que sentí el aire escaparse de mis pulmones. Mi corazón, ya agrietado, se rompió en mil pedazos. Esa noche, mientras repasaba cada discusión en mi mente, me invadieron preguntas llenas de dolor: “¿Por qué soy tan difícil de amar? ¿Qué hay en mí que los demás siempre terminan destruyendo?”.

Pero, en el fondo, sabía que no se trataba de mí, sino de cuánto había permitido que su tormenta arrasara conmigo.

No fue una decisión fácil, pero llegó como un acto de pura supervivencia: “Voy a encontrar a la mujer que era antes de que tú llegaras”.

Al borrar su contacto, sentí miedo, sí, pero también una chispa de esperanza. Había vivido tanto tiempo en una prisión de dudas y dolor, que el futuro, aunque incierto, prometía algo que él nunca pudo darme: libertad.

Esa noche, volví a mirarme al espejo. Mis ojos estaban rojos de tanto llorar, pero, por primera vez en años, reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. Imperfecta, herida, pero mía. Solo mía.

Gracias por dejarme ir, porque tenías razón: merezco el mundo, y tú nunca tuviste la capacidad de dármelo.

Cada final es un nuevo comienzo, y esta vez dejo espacio para que alguien me ame como siempre lo merecí.

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